3. DISCURSOS DEL GRAL. PERÓN SOBRE POLÍTICAS PÚBLICAS Y FUNCIÓN PÚBLICA

1. Palabras del Cnel. Juan Perón en la clausura de la Primera Reunión Nacional de Municipios (1945)

Concibo el municipio como una comunidad de vida con un gobierno propio, cuyos problemas han de enfocarse, plantearse y resolverse teniendo en cuenta la naturaleza de la propia comunidad, sus necesidades y sus fines, su situación y sus recursos”, sostenía el coronel Perón en su discurso de clausura de la Primera Reunión Nacional de Municipios.

El 17 de marzo de 1945, el general Edelmiro Farrell convoca a la Primera Reunión Nacional de Municipios, que es clausurada por el entonces coronel Juan Perón el 23 de marzo del mismo año. En este encuentro,  “se aprueban, entre otras recomendaciones, la reforma de la ley 1532; un vasto plan de obras y servicios públicos; la reglamentación de leyes nacionales de acuerdo con las necesidades de los Territorios; la participación proporcional de los municipios en el impuesto a los réditos; la designación de los gobernadores entre los nativos o residentes; el derecho a la representación parlamentaria y la participación en la elección presidencial”. Aquiles Ygobone: La Patagonia en la realidad argentina. Estudio de los problemas económicos, sociales, institucionales de las gobernaciones del Sur, Buenos Aires, Ed. Ateneo, 1945, pp.422-423.

Palabras del Cnel. Juan Perón en la clausura de la Primera Reunión Nacional de Municipios, 23 de marzo de 1945

«Después de los densos debates sostenidos en el curso de las deliberaciones y de los discursos de las sesiones inaugurales y de la que estamos realizando, poco podría decir que no corra el riesgo de invadir el campo de los especialistas de las múltiples materias que han sido tratadas en la Primera Reunión Nacional de Municipios.

Pero no debo llamarme a silencio cuando vibra mi corazón con vuestro propio entusiasmo y quiero sentirme, una vez más, como parte integrante de vuestro propio ser y compartir vuestras inquietudes. No podría tampoco dejar que os alejarais de Buenos Aires, donde habéis traído la presencia física de nuestros hermanos del interior, sin que os diera un abrazo de despedida que sea, a la vez, promesa de imperecedera amistad.

Mucho he reflexionado durante estas dos semanas de labor comunal sobre los problemas permanentes de nuestros municipios y los transitorios que pueden presentarse en la posguerra. Muchas han de ser las medidas de carácter pasajero que puedan ser tomadas para superar los inconvenientes del pasaje de la guerra a la paz. Otras habrá que incorporar al acervo legislativo de las épocas normales. Lo que no podemos prever, ni siquiera imaginar, es si la evolución legislativa que en el porvenir experimente el derecho municipal llegará a dar forma jurídica completamente definida a todas las cuestiones que la excepcional situación del mundo nos ha señalado como de inaplazable estudio en los momentos actuales.

No sería prudente predecir esta trascendental transformación, ni podemos entrever si las funciones de los organismos municipales del futuro serán más amplias o más restringidas que las que el vigente derecho encomienda a los actuales. Pero, sin entrar en el análisis del mayor o menor alcance sustancial del derecho de fondo que rija lo organismos comunales, juzgo conveniente que los técnicos, eruditos y especialistas en asuntos municipales estudien si ha llegado la oportunidad de emprender la codificación de nuestro derecho municipal. Este sería el primer escalón de una obra de mayor envergadura cuya necesidad es, sin duda alguna, tanto o más sentida: la codificación del derecho administrativo argentino. Así terminaríamos con la anarquía en que se debate el ciudadano frente a los problemas que le crean sus relaciones con las diversas jerarquías de la administración pública. Concibo el municipio como una comunidad de vida con un gobierno propio, cuyos problemas han de enfocarse, plantearse y resolverse teniendo en cuenta la naturaleza de la propia comunidad, sus necesidades y sus fines, su situación y sus recursos. Debido a este respeto que siento por las comunidades locales, células más o menos desarrolladas –pero siempre expresión de una personalidad definida–, he considerado que debían ser llamadas a colaborar con el Gobierno de la Nación en los momentos en que a través del Consejo de Posguerra se están estructurando los planes y señalando las orientaciones que han de servir al país para reordenar su vida económica-social.

No podían estar ausentes los municipios de esta tarea, porque debía llegarnos el aire purísimo del interior y con él nueva savia que robustezca nuestra mente y reavive el ritmo de nuestro corazón. No valdría lo primero si faltara lo segundo, porque no es la inteligencia sino el corazón el único manantial copioso de las grandes obras, ya que solo en él reside el talismán que mueve y cautiva voluntades, que congrega a los hombres y los saca de su soledad para sumarlos a las grandes empresas colectivas. La inteligencia establecerá los resortes para que las organizaciones se formen, consoliden y prosperen; pero el único motor capaz de mover las voluntades es el corazón, porque en él reside la fuerza creadora e incontenible del amor. Apreciaréis si es o no es cierto lo que os digo con solo pensar en cuál es el sacrificio que no somos capaces de soportar por el amor a nuestra madre o a nuestra Patria.

Se comprenderá, pues, que concibiendo el municipio como una comunidad de vida, no participe de la concepción abstracta de unos municipios sujetos a un modelo único, al que deban ajustarse todos, desde aquel rural de pocos vecinos hasta el de la gran metrópoli porteña. Las necesidades rudimentarias de una comunidad rural entrañan problemas notoriamente distintos de los que agitan la vida material y espiritual de una gran ciudad como Buenos Aíres. Se comprenderá así mi personal satisfacción al haber podido examinar por mis propios ojos las inquietudes y aspiraciones de todos los núcleos municipales de mi Patria, en circunstancias como las presentes, en que se puede acudir a remediar una necesidad y, lo que es más interesante, se puede conjurar esta necesidad con otras análogas de otros municipios, sean vecinos o alejados entre sí por miles de kilómetros.

En el gigantesco ordenamiento económico-social que proyectamos han de tener cabida todas vuestras inquietudes y todas vuestras aspiraciones. Si no fuera así, habríamos desperdiciado un tiempo valiosísimo, de cuya pérdida me consideraría responsable ante el país. Sin embargo, me anima la esperanza de que esta Reunión Nacional de Municipios ha escrito en los anales de nuestra historia elocuentes páginas que inspirarán el renacimiento de nuestras virtudes cívicas. Afirmación que no será exagerada si consideramos que el espíritu de cooperación social desborda en cada línea que habéis escrito. Este sentimiento de hermandad que fluye de toda la obra realizada, esta aproximación real y efectiva entre hombres de todas las latitudes de nuestro vasto territorio, esta compenetración de las angustias y problemas recíprocos, esta alegría por las mejoras logradas y apetecidas por los demás, fundada en el gran amor a la patria común, constituye para nosotros y para el porvenir una simiente que arraigará con raíces profundas y se desarrollará con tallos vigorosos que no será fácil arrancar en el futuro. A todos nosotros toca cuidar que no se malogre, y traspuesto el período crítico de la posguerra, podremos esperar con tranquilidad las buenas cosechas que se sucederán hasta la lejanía de los tiempos.

No exagero cuando afirmo que nos encontramos ante un verdadero renacimiento nacional. Todo debe germinar, florecer y fructificar. Necesitamos un renacimiento total de nuestro modo de ser, y al tiempo que aprovechemos todo lo bueno que constituye la nervatura del carácter de nuestro pueblo y de nuestra raza, debemos hacer un acto de fe en nosotros mismos y un acto de confianza en el futuro esplendor de nuestra Patria.

Fomentar las artes, las industrias, las bellas letras: impulsar los estudios filosóficos, jurídicos y las más variadas ramas del saber; modernizar –estilizándola, perfilándola, despojándola de lo superficial– toda nuestra legislación; incrementar por todos los medios las fuentes del saber humano, los institutos de investigación y de enseñanza…

Debemos honrar los talentos, el trabajo y a los artistas, reverenciar la magistratura y a las autoridades que se destacan por su saber, por su virtud, por su patriotismo; debemos elevar a los cargos públicos a los hombres de mérito, salidos del pueblo; debemos enseñar a los magnates cuáles son sus deberes de solidaridad social, porque la cuna dorada ha dejado de ser un título de monopolio para los honores, las influencias y la participación del poder. Debemos ser un ejemplo constante de amor propio.

Pero que nuestro patriotismo flote purísimo y encendido como un hálito de bendición, patriotismo congénito, inadvertido, indefectible que actúe sobre nosotros y sobre nuestros ciudadanos y sobre todo los hombres del mundo con la comunicación emotiva que sólo puede engendrar la sinceridad.

Llevad a vuestras ciudades, a vuestros pueblos, a vuestros lugares; llevad a las grandes asambleas, a la plaza pública o a la intimidad de vuestros amigos y de vuestro hogar el deseo fervoroso de que nuestra Patria viva días luminosos de su historia, forjados con el esfuerzo paciente y abnegado de todos sus hijos; llevad el deseo fervoroso de que ni ricos ni pobres pierdan la fe en el insobornable afán de justicia distributiva que nos anima y que permite, sin lesionar derechos legítimos, barrer para siempre la miseria y la desigualdad irritante; llevad el anhelo de que ni un solo habitante de este próvido país deje de prestar su concurso a la obra de renacimiento moral y material de la Nación, en la seguridad de que su esfuerzo será recibido y estimado en igual medida que la lealtad con que lo preste.

Vosotros debéis ser la avanzadilla que llegue a todos los confines argentinos, planten el mástil, enarbole la bandera y proclame que somos un país de hombres y mujeres esforzados que tienen como finalidad esencial de vida servir a la Patria para engrandecerla y hacerla respetar».

2. Discurso de Juan Domingo Perón propiciando la reforma constitucional, 1948.

Estos tiempos de intemperancias minoritarias, en que se desea imponer ideas a gritos, insultos y denuestos de todo orden; en que la calumnia, la intriga y la difamación aparece en lugar de las ideas persuasivas y constructivas, no constituyen el ambiente sereno para debatir cosas nobles. Sin embargo, tampoco creo que el avance de la Nación deba detenerse por influencia de tales perturbadores del orden y de las buenas costumbres.

Respetamos la conducta de los demás, pero confesamos que preferiríamos razones y no malas palabras. Las ideas ajenas nos son respetables, pero, tenemos también nuestras ideas, y no olvidamos el detalle de que si bien algunos ciudadanos emiten las suyas como tales, nosotros hemos sido elegidos por el pueblo para gobernarle y representarle y ellos no. Creo que ello nos inviste de cierto privilegio y nos impone cierta obligación y responsabilidad que ellos no tienen.

Las declaraciones de sociedades y clubes Que nada tienen que hacer con la marcha del gobierno de la Nación, desde que el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes legales, no constituyen sino meras opiniones de grupos de personas. Podrían formarse artificiosamente millones de ellos en la República, aun con fines muchas veces inconfesables.

Cuando redactamos nuestra proclama revolucionaria en 1943, dijimos que no culpábamos a nuestra Constitución de los males que aquejaban a la República, sino a los hombres encargados de aplicarla, que lo habían hecho en su beneficio y no en el de la Nación.

Seguimos pensando lo mismo que entonces y deseamos encarar su reforma para que, cualesquiera sean los hombres que la apliquen, no encuentren ya las posibilidades de deformarla y aplicarla capciosamente.

Es evidente también, y eso lo reconocen todos los ciudadanos, que la Constitución Nacional no ha sido adaptada a los nuevos tiempos ni a las nuevas necesidades. Así parecen también haberlo comprendido casi todos los países, desde que nuestra Carta Magna es una de las más antiguas del mundo, en lo que a su actualización se refiere.

La estabilidad es condición fundamental de toda Constitución, pero ella no ha de ser tal, que sufra en su ‘perfectibilidad, que está en razón directa a su evolución. La Constitución no puede ser artículo de museo que cuanto mayor sea su antigüedad, mayor es su mérito y no podemos aceptar sin desmedro, que en la época de la navegación estratosférica, que nos permite trasladarnos a Europa en un día, nosotros usemos una Constitución creada en la época de la carreta, cuando para ir a Mendoza debíamos soportar un mes de viaje.

Esa Constitución, buena para cuando la República Argentina era un pequeño pueblo de pastores, sin adaptarla, no puede ser igual para una Nación de 16 millones de habitantes, llegando ya a los mayores adelantos de la industria moderna, con todos los problemas económicos y sociales que tal nueva situación presupone.

La revolución peronista ha iniciado una nueva etapa en lo político, en lo social y en lo económico. Ha expuesto claramente su programa y ha elaborado una doctrina que ha enunciado con igual claridad al pueblo de la República, antes de llegar al Gobierno. Si el pueblo no hubiese estado de acuerdo con ello, no nos habría elegido para gobernarlo y para representarlo, en comicios puros y por una abrumadora mayoría. Elección que aun ha sido posteriormente confirmada a dos años de gobierno, en elecciones tan puras y con una mayoría aún más numerosa.

Ese programa y esa doctrina actualmente en acción por voluntad popular, deben ser desarrollados y consolidados en los fundamentos básicos de la Nación misma, para estabilizarlos y darles carácter de permanencia. Quienes piensen lo contrario tendrán ocasión de defender sus preferencias en los comicios que consagrarán los convencionales convocados al efecto.

Los que creen en cambio que han de obtener mayores resultados recurriendo a la violencia verbal o física se equivocan, porque el respeto y el orden han de asegurarse a cualquier precio.

Si esos Señores son verdaderos demócratas como anuncian tanto y tantas veces, su acción han de hacerla sentir en los comicios, no en los tugurios de la conspiración, ni en los desórdenes callejeros, ni menos aún en los desmanes verbalistas contra las autoridades que el pueblo eligió para que gobiernen a todos los argentinos, aun a los malos…

Si el pueblo les vuelve la espalda, no le deben echar la culpa a sus adversarios ni inventar calumnias en su contra. Les valdría mucho más que recapacitaran y observaran su conducta que, posiblemente en ella, podrían encontrar mejor las causas del repudio y, sin ofuscación y con juicio, buscar también el remedio que les libre de algunos de sus males.

Declararse contra el pueblo, insultarlo porque no les es propicio, despreciarlo porque no les vota, no creo que sea prudente ni de verdaderos demócratas. Es en la conducta de cada hombre donde se encuentra su perdición, jamás en la conducta de los demás. Una actitud fiera o perversa, que infunde temor a los débiles y decisión a los fuertes, no es la mejor actitud. Una conducta honrada y prudente suele ser la mejor llave para entrar en todas partes, aun en el éxito que muchos ambicionan.

Nosotros, sin alardes y sin violencias, pero con ideas que persuaden y verdades que -aunque duelan- van encaminadas al bien público, consideramos indispensables las reformas que el peronismo, por su órgano partidario, propondrá a la Convención Soberana, que el pueblo elija para hacerla instrumento de sus decisiones colectivas.

Tales reformas, minuciosamente estudiadas y compiladas, a la luz de nuestra doctrina y sometidas al juicio crítico, con toda la documentación y bibliografía existente, será un cuerpo serio de modificaciones substanciales orientadas a perfeccionar y actualizar la Carta Magna.

En lo político: Aseguramos y reforzamos el régimen Republicano, Representativo y Federal.

Por el régimen republicano: nadie ha hecho más que nosotros porque hemos suprimido la oligarquía plutocrática para poner en manos del pueblo las decisiones y el gobierno.

Por el régimen representativo: al eliminar el fraude, hemos suprimido el sistema de círculos políticos predominantes y a menudo sometidos al extranjero y a sus consorcios capitalistas que decidían sobre el gobierno y representación popular. Hemos suprimido a esos representantes espurios y foráneos para llegar a la verdadera representación popular por elecciones limpias y puras, como jamás se realizaron en el país.

Por el régimen federal: a las declaraciones declamatorias de los políticos de viejo cuño, nosotros hemos opuesto la realidad de las realizaciones del plan de Gobierno, destinados a afirmar el federalismo político con el federalismo económico. ¿De qué podría, valerle a una provincia ser políticamente autónoma si no representa una entidad económica? El Plan de Gobierno mediante la fijación y desarrollo económico de esas regiones está realizando en los hechos, un federalismo real y constructivo que no puede ser comparado al verbalista y estéril a que nos tenían acostumbrados los politiqueros desplazados.

Nadie hasta ahora, ha realizado entre nosotros una obra efectiva por mantener y fortalecer el régimen republicano, representativo y federal como el peronismo; sólo que nosotros obramos y decimos la verdad, en tanto que los sofistas que nos combaten sólo atinan a esgrimir falsedades a sabiendas, destinadas a confundir la opinión pública, que no confundirán, porque el pueblo ha llegado a comprender bien la diferencia que existe entre los que sólo buscan sus conveniencias personales y los que trabajan por la felicidad y prosperidad de la Nación.

En lo económico queremosAfianzar el bienestar y la prosperidad al pueblo argentino, mediante la independencia económica que asegure que la riqueza argentina ha de ser para los argentinos y no entregada al extranjero como lo había sido hasta nuestros días, con lo que lucraban los grupos que entregaban al extranjero las riquezas del país.

Suprimir la economía capitalista de explotación reemplazándola por una economía social, en la que no haya ni explotadores ni explotados y donde cada uno reciba la retribución justa de su capacidad’ y de su esfuerzo. El capital debe estar al servicio de la economía y no como hasta-ahora ha sucedido que nuestra economía ha estado al servicio del capitalismo internacional.

Suprimir el abuso de la propiedad que en nuestros días ha llegado a ser un anacronismo que le permite la destrucción de los bienes sociales, porque el individualismo así practicado forma una sociedad de egoístas y desalmados que sólo piensan en enriquecerse aunque para ello sea necesario hacerlo sobre el hambre, la miseria y la desesperación de millones de hermanos de las clases menos favorecidas por la fortuna. Ya pasaron los tiempos en que se podía permitir dejar podrir la fruta en las plantas, arrojar el vino a las acequias, destruir las viñas o quemar los cereales para que no disminuyeran los precios. Hoy el bien privado es también un bien social. Es también la única forma de mantener y refirmar el derecho de propiedad, porque de continuar con el abuso, la consecuencia puede ser lo que ha ocurrido en otras partes: un cataclismo social que termine con la propiedad.

A pesar de cuanto afirmen los charlatanes de mitin político, el pueblo sabe bien lo que hemos hecho y lo que estamos haciendo en su beneficio, porque el resultado se traduce en hechos que ese mismo pueblo palpa diariamente en su mejoramiento económico y en el bienestar individual y colectivo.

Esos políticos les hablaban siempre de toda clase de derechos y libertades, pero los trabajadores decían, y decían bien, que sólo tenían la libertad de ejercer el .derecho de morirse de hambre.

En lo social buscamosAsegurar para nuestro pueblo un régimen social justo y humano; donde la cooperación reemplace a la lucha; donde no haya réprobos ni elegidos; donde cada hombre que trabaja reciba un beneficio proporcional a la riqueza que promueve; donde todos tengan un porvenir asegurado; donde la sociedad no se desentienda egoísta del viejo, ni del incapacitado y donde la fraternidad, la generosidad y el amor presidan las relaciones entre todos los argentinos.

Asegurar los derechos del trabajador incorporándolos a la ley y las costumbres argentinas, para que las clases económicamente débiles estén protegidas contra el egoísmo, la prepotencia y la explotación de las económicamente fuertes.

Asegurar el acceso a la cultura y la ciencia a todos los argentinos, para terminar con un estado anacrónico y monstruoso en que el acicate de las capacidades es el dinero en vez de serlo las aptitudes, la inteligencia y la dedicación.

Los hombres libres de prejuicio, el pueblo y, en especial, los trabajadores saben bien qué es lo que el peronismo se propone, porque no hemos engañado a nadie. Realizamos lo que hemos dicho en nuestra doctrina peronista y realizaremos ahora su consolidación en la carta fundamental de la República.

Los ciudadanos que nos han elegido para gobernar a la Nación y representarlos en el parlamento, no fueron ni serán defraudados, porque somos la antítesis de los viejos políticos que predicaban falsedades insidiosamente, pero luego realizaban todo en acomodo a sus conveniencias o a la de los intereses que servían.

Nosotros no servimos otros intereses que los del pueblo y los de la República.

La clase trabajadora, explotada durante toda la historia de la existencia de nuestro país, debe saber que ha llegado su oportunidad de liberarse. ¡Ahora o nunca! Si para ello debe luchar, no estará sola ni conducida por cerebros marchitos, ni corazones intimidados. Debe ser sugestivo y aleccionador el proceder de los politiqueros de siempre: no hubo entre ellos quien antes no propugnara la reforma de la Constitución y hoy cuando el pueblo se decide a modificarla no hay uno entre ellos que no se oponga a toda reforma.

¿Es que la Constitución, es acaso un instrumento de ellos y no de la Nación?

No, y ellos lo saben bien. La Constitución es un instrumento fundamental de la República, y de acuerdo con sus dictados ha de estructurarse un nuevo orden de cosas y han de consolidarse la revolución y los postulados que sostuvimos. Ellos, derrotados y aniquilados en la lucha cívica, quieren ganar la paz, embarullándonos en el momento que queremos afirmar para siempre las conquistas alcanzadas por el pueblo y, en especial, por la clase trabajadora.

En otras palabras, ellos anhelan volver a lo de antes y consideran que perdidas todas las elecciones, repudiados por el pueblo que antes llamaban soberano y hoy denominan aluvión zoológico, desahuciados por las masas laboriosas que adularon con insidiosa intención, no tienen posibilidad de avance alguno y entonces prefieren, por lo menos, no retroceder. Una Constitución anticuada se le presenta como un baluarte donde quemar los últimos cartuchos de su engaño.

¿Cómo, ellos que defendieron los intereses extranjeros van a defender la independencia económica?

¿Cómo, ellos que estuvieron siempre al servicio del capitalismo de explotación, se van a declarar ahora defensores de una economía social?

¿Cómo, ellos que fueron el instrumento y defendieron todos los abusos del individualismo y de la propiedad, se van ahora a poner al servicio de los bienes y bienestar de la colectividad?

¿Acaso el pueblo puede olvidar lo que recibieron de ellos en lo político, en lo económico y en lo social?

¡No lo olvida y ya no lo olvidará jamás!

Eso es lo que los malos políticos no han comprendido aún de la nueva situación política argentina. Ellos fueron quizá hábiles en otra ocasión, cuando toda la política se decidía en los círculos de politiqueros que ellos dominaban. Nosotros, haciendo política de masa les hemos cambiado el panorama, el escenario y la distribución y manejo de las fuerzas. Por eso no vieron ni verán nada claro. Por eso actúan de error en error. Por eso se ofuscan, gritan, insultan y calumnian frente a la impotencia a que les ha conducido su ineptitud y su falta de inteligencia.

Como el pueblo no delibera ni gobierna sino por sus representantes, ellos crearon la muletilla de las direcciones omnímodas y discrecionales que les permitieran obrar sin control. Hicieron también que sus escribas y fariseos difundieran aquello de que las masas no piensan, sólo sienten, y que los dirigentes son los que piensan. Es claro: así ellos hacían cuanto se les ocurría, sin temor a que el pueblo les sancionara. Por eso, durante un siglo, la cultura política del pueblo argentino, su conciencia social y su sentido nacional han estado estacionarios, porque de lo contrario ninguno de ellos hubiera sido jamás dirigente de un pueblo, sin haberlo antes doblegado con el engaño y sojuzgado con la fuerza y la violencia.

Nosotros creemos que la masa debe pensar, que cada ciudadano tiene una responsabilidad en la República y que por sí debe discernir sobre el partido que debe tomar en la lucha, por hacer más feliz y más próspera a la Patria; que es necesario elevar la cultura cívica y social en la masa ciudadana para que a la par que se supere a sí misma ejerza un control sobre los gobernantes; que sea una verdadera autodefensa orgánica de la Nación.

El único delito infamante para un ciudadano de la República, debe ser aquel que lo haga permanecer ajeno a ambos bandos en lucha o que la lucha lo encuentre incorporado en los dos. ¡Y cuánto de esto hemos visto en las contiendas cívicas argentinas!.. . Eso es lo que queremos evitar, que los ciudadanos sigan los malos ejemplos y para ello, hay sólo un camino: la verdad y el corazón honrado para hacerla cumplir.

3. Discurso pronunciado por el Teniente General Juan Domingo Perón, el día 2 de Julio de 1952, ante los altos funcionarios de la Administración Nacional.

Desarrollo:

Señores:

Yo les he pedido a los señores ministros que tuvieran la amabilidad de invitar a los altos funcionarios del Estado para tener la inmensa satisfacción de poder estrecharles personalmente la mano y conversar con ellos, aunque sea breves instantes, sobre nuestras preocupaciones comunes de gobierno, en la iniciación de este segundo período. La relación entre concepción y ejecución Dentro de nuestra acción hay dos tareas que desarrollamos paralelamente: desde el gobierno, la concepción de los problemas; y en los ministerios, la realización y ejecución de esas soluciones. Por esa razón, señores, es importante que los que concebimos y los que ejecutan sintonicemos perfectamente bien la tarea común. En esta forma, a una concepción que puede ser más o menos buena se la completa y se la realiza con una ejecución inteligente.

El gobierno concibe centralizadamente y la organización estatal ejecuta descentralizadamente

La tarea de gobernar es fundamentalmente, la solución de los grandes problemas que el país tiene y que deben ser encarados y resueltos por el organismo estatal. Y ese organismo estatal, para mí, está formado en sus dos escalas fundamentales, por el gobierno, y por la organización del Estado. El gobierno concibe centralizadamente, y la organización Estatal lo realiza descentralizadamente. Esta es una tarea de orden orgánico muy fácil de concebir y un poco difícil de organizar si no se la estudia y organiza funcionalmente.

Preparar el instrumento necesario para una realización mejor y mas racional.

Por esta razón he querido, antes de iniciar esta tarea que para nosotros comenzará el 1º de enero de 1953 con el segundo plan quinquenal de gobierno, dedicar estos seis meses mientras realizamos el remanente del primer plan, cumpliendo la acción iniciada en 1947, para ir preparando el instrumento necesario con una profunda inteligencia para obtener una mejor realización, menos improvisada, que en el primer plan quinquenal y más racional. El segundo plan quinquenal debe encarar y resolver todas esas realizaciones sin crear problemas ad latere a esa organización, como nos ocurrió en el primer plan quinquenal.

LA SITUACIÓN EN 1946

Señores: para presentar el panorama me voy a permitir hacer un poco de historia retrospectiva. En 1946, cuando nos hicimos cargo del gobierno, el panorama que se me presentó a mí, un hombre acostumbrado a realizar trabajos orgánicos fue pavoroso.

El dilema de planificar o realizar en un gobierno sin organización.

Llegaba de golpe a un gobierno sin ninguna planificación y sin ninguna organización. Como digo, yo era un hombre racionalmente acostumbrado a encarar la solución mediante estudios previos, estudios bases, planes, etc., y se me presentó el terrible dilema de planificar por realizar.

Debimos resolver sobre la marcha, la organización hacer la planificación y realizarla.

Si hubiera planificado todavía estaría pensando que deberá hacerse en el primer plan quinquenal, aún después de haber terminado el primer gobierno. Realizar sin planificar siempre resulta una tarea un poco irracional y hasta a veces anacrónica. De manera de que debemos encarar ese problema y resolver durante la marcha la organización, hacer la planificación y realizarla; tres tareas que difícilmente puedan combinarse, máxime cuando se tiene una falta total de organización. Por eso quiero presentarles el problema a los funcionarios.

Nuestro pueblo estaba totalmente desorganizado.

En cuanto a organización, no puede nadie negar que nuestro pueblo estaba totalmente desorganizado. Las fuerzas naturales de la organización que todo pueblo debe obedecer a las actividades fundamentales, no se habían realizado en nuestro pueblo, sino alrededor de círculos o intereses que no es lo racional para la organización de una Nación y menos de un Pueblo.

El estado estaba total y absolutamente desorganizado.

El Estado estaba total y absolutamente desorganizado como consecuencia de haber mantenido una vieja organización que pudo haber respondido hace cien años pero que ahora ya no respondía a las necesidades del momento y menos en una época inminentemente técnica en la organización, en la administración, y en el gobierno.

Un gobierno total y absolutamente desorganizado.

Un gobierno total y absolutamente desorganizado había en esta casa. Y muchos de ustedes, que son viejos funcionarios lo saben: un presidente, un jefe de despacho que ponía el sello a los decretos, un secretario privado que contestaba las cartas a los amigos, unos edecanes, una Casa Militar para recibir a los amigos y un secretario político que repartían los puestos públicos.

Hubo que organizar el gobierno y después el estado.

Frente a ese problema se presentó, como previo a todo, organizar el gobierno; después organizar el Estado. Organizar el gobierno creando los elementos básicos, vale decir un ministerio técnico de gobierno, porque hoy no se concibe el Estado sin una organización científica para gobernar. Han pasado muchos años desde que se gobernaba un país como patrón de estancia. La República Argentina ya no puede ser gobernada así. Hay demasiadas cosas que atender y demasiado importantes, para que nosotros podamos gobernar discrecionalmente. Este es un país que ya no se puede gobernar discrecionalmente: hay que gobernarlo organizadamente, si se lo quiere gobernar. No hablemos de los ministerios que numerosísimos asuntos de diversa índole, muchos antagónicos, que debían resolverse dentro del diligenciamiento administrativo y de gobierno permanente.

No se puede gobernar lo inorgánico.

Lo único que yo entiendo que no se puede gobernar es lo inorgánico. Nadie puede gobernar lo inorgánico. Es necesario, antes de gobernar, de dirigir o de mandar, tener algo orgánico para hacer. En otras palabras, señores, tuve la sensación, al llegar al gobierno de que yo podría hacer cualquier cosa, menos gobernar y dirigir, si- no me ponía a trabajar de inmediato en la organización.

Hay una organización estructural y otra funcional.

La organización, según la entiendo yo, tiene dos fases distintas. Hay una organización que es de carácter estructural, y otra que es de carácter funcional. Es muy fácil tomar un gran papel, sentarse en un escritorio con todos los datos y hacer una cantidad de cuadros con sus nombres adentro; eso puede ser una organización ideal.

No hay organización estructurada hasta tanto no se transporte a la organización del estado, del gobierno y del pueblo.

Pero no es una organización estructurada hasta tanto no se transporte a la organización del Estado, del gobierno y del pueblo, donde tampoco habrá organización mientras se trate solamente de una estructura orgánica: es necesario que ande eso.

Me interesa la organización en funcionamiento.

Muchas veces, cuando me presentan un proyecto de organización, yo lo veo y digo: muy bonito. Me recuerda cuando me enseñaban fisiología en el colegio, cuando presentaban el cuerpo humano y veíamos las tripas y todos los órganos pero eso no era un hombre. No andaba. Era muy lindo para verlo pero no funcionaba. La organización que me interesa es el hombre caminando, comiendo y haciendo su trabajo. Lo mismo pasa con la organización institucional. No es bastante ese lindo cuadro. No. Es mejor que no sea tan lindo y que ande, que ande en la realidad, con sus enfermedades, con sus pasiones y con todos los defectos y virtudes que los hombres llevan a la organización.

Comenzamos por organizar el gobierno.

Fue así, señores, que comenzamos por organizar el gobierno, creando un instrumento de planificación, uno de racionalización, uno de estadística. Es decir, señores, lo necesario para saber qué tenemos, cómo lo tenemos y después, cómo debemos actuar para realizar un trabajo. Todo eso se realizó en el gobierno.

Después esa organización pasó al estado.

Después, esa organización pasó por la Ley de Ministerios al Estado, y este comenzó a organizarse de la misma manera en cada institución, en cada departamento, como se había organizado el gobierno con sus organismos, etc.

A menudo lo mejor es el enemigo de lo bueno.

Han pasado seis años y hoy tenemos una organización estructural buena. No la creo muy buena ni la creo excelente, pero yo me conformo con que esa organización sea buena, porque a menudo lo mejor es enemigo de lo bueno. Tengamos lo bueno. También creo que también es estructuralmente buena; no lo es todavía, funcionalmente, sino regular. Vale decir, señores, en otras palabras, que hemos organizado estática y estructuralmente bien la administración pública y los órganos de gobierno, resolviendo así el problema cuantitativo de la organización, ahora es menester encarar el cualitativo.

El hombre trae sus pasiones, sus virtudes y sus defectos a la organización.

Esa organización estructural puede ser muy buena, pero cuando se le pone el hombre, cambia, haciéndose mejor o dejando de ser buena, porque el hombre trae sus pasiones, sus virtudes y sus defectos a esa organización.

Hemos cumplido la tarea estructural que es la cuantitativa y ahora es menester encarar la funcional que es la cualitativa.

En la organización pasa como en todos los demás problemas. No hay problema que no tenga solución. No se puede decir de los hombres. No todos los hombres tienen solución. Esa intervención del gobierno en la organización es la que perfecciona o anula las bondades de la organización estructural, que es la cuantitativa. Ahora es menester encarar la funcional, que es la cualitativa.

Encarar la tarea cualitativa de ir perfeccionando la administración y perfeccionando al hombre.

Por eso los he reunido este día para hablar no ya de la organización estructural, que está hecha, sino encarecerles que nos ayudemos todos nosotros para encarar la tarea cualitativa de ir perfeccionando la administración y perfeccionando al hombre, porque eso ya no depende de la organización, sino que depende del hombre, depende del funcionario, del empleado, y aún del obrero que trabaja dentro de la administración.

Legarle a la república una organización estatal que le permita decir que se administra y gobierna de la mejor manera.

El Segundo Plan Quinquenal habrá cumplido en este orden de ideas en lo orgánico, si nos permite afirmar en 1958 que, así como hoy, hemos terminado con lo estructural, en 1958 hemos terminado con lo funcional legándole a la República una organización estatal que le permita decir que se administra y gobierna de la mejor manera, por si sola, por si misma. Porque en nuestro país no debe darse el panorama lamentable de un país que se gobierna todavía en 1952, mediante la discrecionalidad política de los hombres, tan llenos de defectos, y tan llenos de pasiones, como también tan cargados algunas veces de virtudes..

Si nuestro movimiento político no lo hiciera, habría dejado de cumplir su principal función de gobierno.

Esto, señores, es fundamental para el Estado. Si nuestro movimiento político no dejara a la República la garantía de una administración cuantitativa y cualitativa capaz de gobernar, habría dejado de cumplir, quizá, su principal función de gobierno para la consolidación de las garantías que el país necesita de sus gobiernos. Por esa razón yo quiero hablar hoy de eso.

Hemos comenzado por establecer una doctrina.

Nosotros, porque no somos personalistas, ni somos discrecionalistas en el gobierno, hemos comenzado por establecer una doctrina. Los discrecionalistas son siempre enemigos de las doctrinas. También los personalistas lo son porque su doctrina son ellos. Cuando un hombre se desprende de su personalidad para crear una personalidad colectiva es porque no tiene intenciones ni individualistas ni discrecionalistas y menos aún personalistas. Por esa razón, señores, nosotros adoptamos una doctrina; hemos querido orientar al país una dirección. Los hombres que hacen uso adecuado del racionalismo son siempre partidarios de este sector de la organización humana.

La doctrina es el punto de partida de la organización de una colectividad.

Lo primero que la Nación debe tener es una doctrina. Nada se puede hacer con colectividades inorgánicas y la doctrina es el punto de partida de la organización de una colectividad. En el gobierno, la doctrina debe ser para nosotros el punto de partida para toda la organización. Cuando los hombres no están adoctrinados es mejor no juntarlos; nuestra tarea es una tarea de equipos.

El que no aplica una doctrina que se ha creado para la nación esta procediendo en contra de la nación.

La doctrina nacional puede ser discutida, pero debe ser aplicada porque algo tenemos que hacer. Discutirla para perfeccionarla, pero aplicarla, porque el que no aplica una doctrina que se ha creado para la Nación está procediendo en contra de la Nación. Una doctrina es indispensable para que todos sepamos qué es lo que tenemos que hacer, cualquiera sea el puesto que en suerte nos ha tocado desempeñar en la colectividad argentina.

Una doctrina nacional es fundamental en la nación, como fundamentales son el alma y el pensamiento de un hombre.

En esto, señores, una doctrina nacional es tan fundamental en el Estado, en la Nación, como fundamentales son el alma y el pensamiento en un hombre. ¿Adónde va un hombre que no tenga sentimientos ni pensamientos? ¿Y adónde iría una Nación que no tuviese un pensamiento y un sentimiento comunes?

Hay sectores y factores de la nacionalidad con los cuales ningún argentino puede estar en contra.

Hay cosas en las cuales podemos estar diametralmente opuestos en la apreciación, pero hay sectores y factores de la nacionalidad con los cuales ningún argentino puede estar en contra. La doctrina nacional se conforma alrededor de estos últimos, vale decir, de aquellos asuntos en que todos los argentinos debemos estar de acuerdo para el bien de la Nación.

Dar a la nación un alma colectiva que nos haga sentir y pensar de la misma manera.

Eso es lo que conforma el contenido fundamental de la Doctrina Nacional. Es así como vamos a dar a la Nación un alma colectiva que nos haga sentir y,quizá, que nos haga pensar de la misma manera. Eso en cuanto a la Nación.

El funcionario o empleado publico es el ejecutor directo de esa doctrina por mandato implícito de la constitución y de la ciudadanía.

En cuanto al Estado, ese concepto se estrecha mucho más: no puede haber un funcionario de ninguna categoría ni un empleado destinado al servicio de la Nación que no piense estrechamente dentro de la doctrina nacional, porque él es el ejecutor directo de esa doctrina. En otro ciudadano de otra actividad quizá no sea tan pecaminoso que hiera a la doctrina, o aún, que esté en contra del dictado de la doctrina, pero un funcionario o un empleado público que es el ejecutor directo por mandato IMPLÍCITO de la CONSTITUCIÓN y de la CIUDADANÍA, no puede estar fuera de eso.

Nosotros hemos cristalizado como doctrina nacional nuestras tres banderas.

Por esta razón, señores la doctrina no contiene minucias ni insignificancias, contiene lo fundamental de la Nación. Nosotros hemos cristalizado como doctrina nacional nuestras tres banderas, que no pueden arriarse por otro que no sea un traidor a la Patria.

Cuando se trata de la justicia, de la libertad y de la soberanía no puede haber discusión en contra de la nación.

La Justicia social, la Independencia económica y la Soberanía del Estado no pueden ser negadas por ningún argentino; y no solamente negadas ni discutidas, porque cuando se trata de la justicia, cuando se trata de la libertad y cuando se trata de la soberanía no puede haber discusión en contra de la Nación.

Establecida la doctrina nacional nosotros tenemos la obligación permanente de llevarla a todo organismo estatal.

Esto, señores, que conforma una verdadera doctrina nacional, es lo que debemos llevar, al alma de la Nación. Y nosotros, los agentes civiles de la Nación, somos los encargados de realizarlas. Nada hay más fundamentalmente importante que eso. En esto, señores, establecida la doctrina nacional, nosotros tenemos una obligación permanente: es la de llevarla a todo el organismo estatal.

EL PRIMER PLAN QUINQUENAL

Convengamos que en este primer plan quinquenal, que nosotros hemos realizado con tanta hesitación porque era todo improvisado -donde resolvíamos un problema salían tres o cuatro, como consecuencia de la improvisación-, no habíamos podido realizar una cosa terminada rú una planificación bien desenvuelta y bien realizada. Resolvíamos un problema y creábamos otro, como pasa siempre en la improvisación. Si hubiéramos querido planificar, quizá no hubiéramos podido realizar.

LA REALIZACION ESTA SIEMPRE POR SOBRE LA CONCEPCION

En esto, señores, hay que pensar que siempre la realización está por sobre la concepción. Hay que hacer las cosas mal o bien, pero .hacerlas, decía Sarmiento; una gran verdad, porque si no, estamos siempre en discursos y en veremos, y Jo que enriquece al país y lo que engrandece a la Nación es lo que vamos colocando encima de ella, en último análisis. Esa tarea debíamos realizarla perentoriamente; se justifica que no hayamos planificado acabadamente.

EL SEGUNDO PLAN QUINQUENAL

Pero, señores, es menester que en este Segundo Plan Quinquenal nosotros perfeccionemos sobre la misma marcha este aspecto. Para ello habrá una buena planificación, porque ahora hemos tenido tiempo de realizarla. Cada uno de los departamentos de Estado va a tener un plan perfectamente bien estudiado, con el planeo inicial en la solución de cada uno de los problemas y cada una de las realizaciones, donde se han contemplado todos los objetivos y factores, en forma que la solución de uno no cree problemas subsidiarios.

DE POCO VALE LA ORGANIZACIÓN SI NO HACEMOS DEL HOMBRE QUE LA COMPONE UN FUNCIONARIO CADA DIA MAS HONRADO Y MAS CAPAZ

Quizá la realización cueste menos trabajo, señores, y ese tiempo libre que nos dejará, así como antes los dedicábamos a la organización estructural, debemos dedicarlo ahora al aspecto colectivo de esa organización, porque de poco valdrá la organización si no hacemos del hombre que la compone un funcionario cada día más honrado y más capaz. Nuestra tarea no es solamente la de capacitar técnicamente a los funcionarios del Estado, sino también educarlos en una moral administrativa intachable.

EL GOBIERNO NO PUEDE SER LA ACCIÓN BUROCRÁTICA DEL TRAMITE: EL GOBIERNO TIENE QUE SER ALGO MÁS NOBLE

Esto es lo que quiero tratar en último término: el trabajo que todos debemos. realizar desde el gobierno del sector que nos corresponda. En primer lugar, debemos establecer qué es el gobierno desde un punto de vista empírico, no teórico, porque se ha hablado mucho de estas cuestiones del gobierno. El gobierno no puede ser la acción burocrática del trámite: el gobierno tiene que ser algo más noble.

MAS FÁCIL ES FORMAR QUE CORREGIR, MODIFICAR O FORMAR DE NUEVO

Por eso es que el punto de partida nuestro es que hoy, con la organización estructural, tenemos el instrumento, pero tenemos un instrumento sin temple, sin brillo, quizá sin la forma adecuada para el trabajo que tenemos que realizar. Tomemos este instrumento en nuestras manos y, antes de emplearlo, démosle el temple que debe tener, formémosle ese temple, formémosle la capacidad, diríamos formal, para la realización; pulámosle todas sus aristas y estemos seguros de que ahora, con ese instrumento, vamos a realizar el mejor trabajo con el mínimo de esfuerzos y de sacrificios.

Para eso, señores, que es tan fácil de decir, debemos emplear muchas, pero muchas de nuestras fatigas de estos años de trabajo. Es muy difícil formar hombres que uno los toma ya después de haber andado mucho por la vida y mucho por la administración. No es fácil. Más fácil es formar que corregir, que modificar y que formar de nuevo. Por eso la tarea nuestra tiene, en ese aspecto, una importancia fundamental, y yo les pido a todos los señores que piensen por sí, que reflexionen profundamente sobre la responsabilidad que pesa sobre nosotros, no sólo como funcionarios, sino como maestros de los que van a ser después los funcionarios que ·nos reemplacen y que deben formarse dentro de esa administración que nosotros manejamos.

NO HAY QUE CASTIGAR AL QUE SE EQUIVOCA, SINO AL QUE NO HACE NADA PARA NO EQUIVOCARSE

El Estado tiene excelentes hombres dentro de sus funcionarios y de sus empleados. Tiene un material de primera clase. Ahora, es cuestión de irlo dignificando, levantando y, sobre todo, de darle poder a la iniciativa de estos hombres, no castigando al que se equivoca, que no es merecedor de un castigo de ninguna naturaleza, sino más bien haciéndolo con el que no hace nada para no equivocarse, que ese sí es el culpable, o eliminando sin consideración de la administración pública al que procede mal deliberadamente, que es el peor enemigo de la administración.

LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA ES UN LUGAR SUMAMENTE SENSIBLE EN SU EQUILIBRIO Y EN SU BUEN NOMBRE

La administración pública es un lugar sumamente sensible en su equilibrio y en su buen nombre. Cuando hay un funcionario o empleado ladrón, no dicen que fulano de tal es un ladrón, sino que todos los empleadospúblicos son una punta de ladrones. Por eso no es suficiente con cuidar la propia conducta de los funcionarios, sino que hay que cuidar la de todos los que están a la orden de uno, porque esa reputación también nos toca a nosotros cuando se menoscaba en cualquiera de los escalones administrativos. Por una deformación ya consuetudinaria en todos los gobiernos el funcionario público está siempre expuesto a que cada ciudadano vea en él a un hombre que delinque contra la administración y contra la ley. Todos los que manejamos algo de la cosa pública estamos expuestos a que nos digan que somos unos ladrones. Pero eso no importa; eso es culpa de los que han administrado y gobernado.

Nosotros tenemos que hacer un exceso de minuciosidad en la honradez administrativa.

Nosotros tenemos quizá un exceso en la prudencia con que empleamos el gobierno y con qué administramos, un exceso de minuciosidad en la honradez administrativa, para ir borrando poco a poco ese concepto que, justificadamente en muchos casos, tiene el pueblo de sus funcionarios y de su gobierno. Somos nosotros los que hemos de honrarlo. Cada funcionario lleva en su mochila el bastón de mariscal. Muchas veces algunos amigos y funcionarios han venido hasta mi despacho y me han dicho “Le agradezco, señor Presidente, el cargo que usted me ha asignado”; y yo le digo: “Vea, todavía no sé si tendrá que agradecérmelo”. Porque nosotros decidimos que cada funcionario o cada empleado lleva en su mochila el bastón del mariscal y hacemos que cualquiera de ellos en una oportunidad pueda sacar el bastón de mariscal para mostrarlo como emblema de su autoridad. Nosotros no hacemos más que eso. Lo demás lo hace el funcionario. Nosotros lo ponemos en la vidriera para que el pueblo lo vea; si es bueno, se va a llenar de honor y de predicamento y si es malo, se va a hundir toda su vida. Nosotros no hacemos nada por él, sólo le damos la oportunidad a que todos los ciudadanos tienen derecho. Cuando nosotros damos esa oportunidad, lo hacemos de buena fe, y a menudo también nos equivocamos de buena fe. Pero de los males que acarrean esas equivocaciones participamos todos en una parte proporcional. Todos cargamos con el mal nombre del deshonesto, todos cargamos el mal nombre del incapaz.

Cuidar no solo el prestigio de la administración, sino el prestigio de cada uno de nosotros.

En consecuencia, si esa responsabilidad la compartimos y distribuimos entre todos nosotros, todos tenemos la obligación de trabajar para que eso no se produzca dentro de la administración pública para cuidar no sólo el prestigio de la administración, sino el prestigio de cada uno de nosotros.

LA ADMINISTRACIÓN Y EL GOBIERNO ESTÁN A DISPOSICIÓN DEL CONTROL PERMANENTE DEL PUEBLO QUE ES QUIEN NOS DA LA AUTORIDAD Y EL MANDATO

Estar listos para dar cuenta de cualquiera de nuestros actos es lo fundamental, porque los gobernados tienen derecho a conocer el acto más insignificante de su gobierno.

LA EDUCACIÓN Y FORMACIÓN DE NUESTROS FUNCIONARIOS

Por eso, en la educación y formación de nuestros funcionarios y empleados tenemos que tener, a la vez que la función de la administración y de gobierno, la función del maestro y del pretor que vigila permanentemente no sólo los actos de los empleados, sino también su conducta, que es la pauta de su procedimiento. En ese sentido, somos un poco maestros y un poco padres; tenemos que ir formándolos. A menudo el fárrago de cuestiones que nos envuelve en la función administrativa y de gobierno nos hace olvidar esa función de maestros.

DEBEMOS ENSEÑARLE AL QUE ACTÚA SIN MALA INTENCIÓN

Ocurre muchas veces que un empleado trae una nota mal hecha que la hizo Gutiérrez. Nosotros decimos que es un bárbaro y que la haga Pérez. No, no hay que proceder así. Hay que llamarlo a Gutiérrez, perder cinco minutos con él y decirle: «Vea, ha hecho mal esta nota; aquí debía decir tal cosa; hágala bien y tráigamela». Sólo se han perdido cinco minutos, pero se salva a un hombre que puede ser excelente si le enseñamos y que se perderá irremisiblemente si lo rechazamos por no cumplir con nuestro deber de funcionarios. Pero cuando esa nota ha sido hecha mal no por incapacidad o por falta de preparación, sino por «exceso de capacidad», cuando se ve en la nota la mala intención, no hay más remedio que mandarlo al juez federal para que se entienda con él. Eso es fundamental. Un gobierno se desprestigia cuando anda con tapujos con los que proceden mal. No se desprestigia cuando lo manda al juez federal para que la justicia le ajuste las cuentas a ese mal funcionario. El que se equivoca, bienvenido sea si se equivocó sin mala intención: A ése debemos enseñarle. Al bandido hay que mandarlo a la cárcel.

LA BUROCRACIA RETARDATRIZ QUE MATA TODAS. LAS INTELIGENCIAS Y TODAS LAS CAPACIDADES

La función de gobierno, señores, es muy compleja. Tiene muchas tareas que a menudo se olvidan y que son fundamentales. Si uno ve y toma casos concretos, ya que los ejemplos aclaran, puede llegar a conclusiones bien determinantes en muchos aspectos. Una de las cosas, después de la deshonestidad, de que más se queja la gente, es de la burocracia que retarda los trámites en todos sus aspectos. ¿A qué obedece eso? En la administración pública, y esto se ve hasta en las instituciones militares, que son las que tienen disciplina y código, hay una burocracia retardatriz, muchas veces por la ampulosidad, otras veces por ]a inercia que mata todas las inteligencias y todas las capacidades.

EL QUE NO TIENE CAPACIDAD DE SÍNTESIS NO PUEDE SER FUNCIONARIO NI EMPLEADO PÚBLICO

Hay algunos que tardan 15 días en hacer un estudio y traen escrito un diccionario enciclopédico, cuando eso debería estar listo, en vez de en ocho tomos, en ocho páginas. El que no tiene capacidad de síntesis no puede ser funcionario ni empleado público.

UN ESPÍRITU DE RESPONSABILIDAD SUFICIENTE PARA RESOLVER SITUACIONES

En cada funcionario y en cada empleado debe haber un espíritu de responsabilidad suficiente para resolver por sí los expedientes que llegan, porque si no se anulan todas las capacidades y las ínteligencias. Observen ustedes lo que pasa en una oficina pública: llega un expediente a mesa de Entradas, con 14 sellos, con 8 números y 20 rúbricas. Lo recibe la Dirección General; el director general dice de qué se trata: «Señor, tal cosa. Muy bien, déle trámite». Pasa al segundo jefe; éste dice también de qué se trata: «Déle trámite». Pasa al auxiliar; éste dice de qué se trata y «déle trámite y pase a tal para que informe». Esto dura ocho días. El que informa tarda otros ocho días y después vuelve a hacerse la misma recorrida. Y ahora pasará a Técnica o Arquitectura. Allá va y vuelve la cadena: del jefe al segundo, de éste al auxiliar, y de éste a Juan Pérez, y éste, que es el que hace el trámite, es un pobre hombre que no sabe nada y que no puede resolver por si porque es un empleado de la oficina. Finalmente se informa, y de informe en informe pasan ocho años y se gastan ocho toneladas de papel y no se ha resuelto el problema y hay ochocientos afuera que están protestando contra los funcionarios.

Debemos matar el sentido burocrático.

Eso no es de una oficina, es de muchas oficinas. Hay que terminar con eso. Quien recibe el expediente debe pensar si lo puede resolver o no. Si lo puede resolver, que lo haga. “Firma Fulano de Tal”, y toma la responsabilidad de la resolución, cualquiera sea su jerarquía. Si no lo puede resolver, va al jefe y le pregunta cómo se resuelve. Bien, firma el jefe y listo, sale. Y hasta por teléfono se hace si es necesario tomando los recaudos indispensables. Si nosotros no tomamos el sentido burocrático del “déle trámite”, el “déle trámite”, nos va a matar a todos. Esa es la realidad. Por eso es que debemos tener 750.000 agentes públicos cuando podríamos resolver los asuntos con 250.000 o 300.000. Porque claro, cuando lo recibe el jefe, va al segundo jefe, después al auxiliar y después al escribiente, sería bastante con éste para hacer el trámite. ¿Para qué tengo esa gente delante?. Lo que pasa es que hay que tener menor número de funcionarios y empleados, pero pagarles mejor y que trabajen más, porque es lógico: a mayor pago corresponde mayor fatiga. Debemos tener el menor número de empleados y pagarles lo más posible, y exigirles que rindan en su trabajo, no solo en el trabajo material, sino también en cargar con la responsabilidad que él como funcionario o empleado público, tiene la obligación de cargar. Hay pusilánimes que nunca se animan a resolver nada. Esos son rémoras en la rueda de la administración. Hacen más mal ésos que todos los “contras sumados”.

Asegurar el futuro de la administración pública con la capacitación.

He querido presentar así el problema, descarnadamente, hasta con la terminología oficinesca, para hacer resaltar la necesidad de educar a nuestra gente. En este segundo plan quinquenal, el ideal sería que cada funcionario público se convierta en un maestro para enseñarle a los demás lo que él sabe y para darle también el alma de los demás lo que él tiene de calificado en su propia alma, educarlo e instruirlo en la función. Si nosotros realizamos eso, quizá la República tenga mucho más que agradecernos que por todas las demás cosas que hemos hecho, porque nosotros estamos con nuestros actos propugnando el presente pero si formamos una administración de este tipo, incontaminable y capacitada, el país nos tendrá que agradecer siempre su marcha ordenada y orgánica a través del tiempo; aseguremos así el futuro de la administración pública. Eso es lo trascendente: eso es lo importante. Cuando un jefe pasa por una oficina, sus empleados deberán decir, dentro de diez o de veinte años: “Este hombre era capaz y hacía bien. ¡Lo que me enseñó este hombre, que hombre capaz, que hombre correcto!”. Eso es mucho más lindo y mucho más constructivo para un hombre que lo que pueda haber hecho en cuanto a las soluciones más o menos favorables que él dio a la administración y al gobierno.

Enseñar en la administración es la palabra de orden de nuestros días.

Enseñar en la administración es la palabra de orden de nuestros días. Porque francamente, tenemos una administración con muchos defectos que hay que corregir y modificar. Tenemos buena gente; pero también tenemos algunos de los otros. Hay que echarlos a los otros, hay que sacárselos de encima. Son una rémora en la oficina. Cuando reciben una directiva del director, la comentan jocosamente, y así están haciendo sabotaje dentro de la oficina sin que nadie se dé cuenta.

DESPUÉS dicen: «¡Fulano qué gracioso! Todo lo comenta en broma». A ése hay que darle un sillazo el primer día, y sacarlo de la oficina. Hay otro tipo de mal funcionamiento, que es el buen muchacho, jefe de una oficina. De él dicen: «¡Qué bueno es Fulano!» Claro, en su oficina cada uno hace lo que quiere. ¿Cómo no va ser bueno? Si algún empleado no puede venir, él le dice: «Dame la tarjeta que te la firmo mañana». Y el mismo jefe se la firma al empleado. A propósito, hace pocos días firmé un decreto rebajando de categoría a un jefe, porque había hecho eso. Yo dije: «Está bien, hay que rebajarle la categoría, y la próxima que haga, sólo se va a ir por la cola».

FORMAR HOMBRES QUE SEPAN ENSEÑAR CON EL EJEMPLO Y QUE SEPAN AFRONTAR LA RESPONSABILIDAD DEL ACTO PÚBLICO

Hay de todo entre los hombres, pero los que nosotros tenemos que formar son hombres que sepan enseñar con el ejemplo. No hay jefe malo si el jefe es un hombre capacitado que enseña y aconseja a sus hombres. La rigidez del servicio público, exige eso: el sacrificio de imponerse cuando es necesario imponerse, e ir formando hombres de carácter, hombres que sepan afrontar la responsabilidad del acto público. Satisfaciendo su propia conciencia, que es lo mejor que uno puede satisfacer, cuando obra en bien del servicio de la Nación. Todo eso no es tan fácil ele formar. Presupone pensar seriamente en la educación e instrucción del subordinado que uno tiene en la oficina y en la función pública.

UNA ADMINISTRACIÓN DONDE CADA UNO CUMPLA HONRADAMENTE CON SU DEBER

Señores: sería largo y redundante para ustedes, que ya son funcionarios hechos, que yo siguiera insistiendo sobre estas co!las; pero ustedes saben que esto es la verdad, y ustedes saben que lo que yo digo que hay que hacer es lo conveniente, yo sé que ustedes comparten todo, porque tienen más experiencias que yo y saben más que yo de oficina, y yo estoy persuadido, absolutamente persuadido, de que ustedes van a ponerse con empeño a preparar su personal. Cuando ese instrumento esté formado y tenga el temple magnífico que le podamos dar nosotros, el trabajo público será una cosa agradable. linda, y sacaremos de las oficinas todos esos problemas y sinsabores que los hombres no capacitados y con otros defectos traen a la oficina para complicar y amargar la vida en una administración que debería desenvolverse con toda fluidez y con toda tranquilidad, donde cada uno cumpla honradamente con su deber .

LA FUNCIÓN PÚBLICA ES TAMBIÉN UNA TAREA DE PERMANENTE PERSUASIÓN

En este aspecto yo no quiero abundar, pero sí quiero decir como corolario de esto que la función pública no es solamente una tarea de concepción de los problemas y de realización de las soluciones, sino también una tarea de permanente persuasión de los hombres que uno tiene a sus órdenes. El que se considere jefe de una repartición, el que se considere funcionario de la República, ha de ponerse en esa situación y ha de dignificarla en todos sus actos, dignificándose de esa manera a sí mismo y aumentando así sus proyecciones frente a la obligación y frente al país.

EL FUNCIONARIO SE PRESTIGIA A SI MISMO, CON SUS PROCEDIMIENTOS, CON SU CAPACIDAD Y CON SU HONRADEZ

Algunos dicen que a los funcionarios no se los prestigia. No; el funcionario se prestigia a sí mismo y a la administración la prestigiamos entre todos los funcionarios, y entre todos la desprestigiamos. Yo no puedo prestigiar a nadie; cada uno se prestigia a sí mismo con sus procedimientos, con su capacidad y con su honradez. Se equivoca aquel que dice que no le dan el puesto que les corresponde a los funcionarios. Sí; al funcionario se le da el puesto que le corresponde. Yo lo único que puedo hacer es ponerlo dentro del presupuesto. Lo demás lo tiene que hacer él con su conducta. Formemos hombres de acuerdo con estos principios y la República tendrá un organismo orgánico de administración y de gobierno que resistiría a todos los discrecionalismos que quíeran entrar dentro del gobierno. Esa marcha es necesaria asegurarla por sí. El Estado y la Nación deben marchar solos. Nosotros los gobernantes podemos indicarle la dirección, pero la marcha debe ser ejecutada por él. Ese organismo, ese mecanismo, debemos dárselo noble, bien templado y bien capacitado, y eso será lo que nos va a agradecer en el futuro la Nación.

DEJAR AL PAÍS UNA ADMINISTRACIÓN BIEN ORGANIZADA Y BIEN CAPACITADA MORAL Y TÉCNICAMENTE

Yo sería muy feliz si al dejar el gobierno de la Nación el pueblo dijera: «No hizo gran cosa, pero dejó una administración magnífica para el país, bien organizada, bien capacitada moral y técnicamente». Me sentiría muy feliz oorque eso me estaría indicando que había trabajado no sólo para el presente, sino también para el porvenir de la Nación.

EN LA FUNCIÓN QUE DESEMPEÑAMOS ESTA PUESTO EL DESTINO DE CADA UNO DE LOS CIUDADANOS ARGENTINOS

Esa obligación la tenemos todos nosotros, que somos en el fondo compañeros en una tarea común, pero también esa satisfacción debe ser el anhelo y la aspiración de todos nosotros. Que cada uno lo cumpla en la medida que su acción le permita realizarlo, pensando en que estaremos todos agradecidos de todos. Si cumplimos con esto, que es un mandato imperativo de la necesidad orgánica del momento; si lo hacemos, todo andará mejor y tendremos la inmensa satisfacción de contemplar el panorama de la Nación desarrollándose con toda organicidad y racionalismo dentro de una vida que será cada día más llevadera, porque en la función que nosotros desempeñamos está puesto también el destino de cada uno de los ciudadanos argentinos. Muchas veces el Gobierno crea un callo sobre el corazón. Eso es lo que debemos evitar: que no haya callos ni sobre ei: entendimiento. Nosotros tenemos una responsabilidad enorme que cumplir. Estamos de acuerdo en enfrentarla y afrontarla. De cómo lo bagamos, es de lo que nos va a pedir cuentas el futuro de la Nación.

MI OBLIGACIÓN DE DIRIGENTE SUPERIOR ES SEÑALAR LOS RUMBOS DEL FUTURO

Por eso yo he querido, en esta conversación entre amigos y funcionarios, pedirle a cada uno de ustedes que anote sobre su escritorio una sola frase, para tenerla siempre delante de los ojos: «No debo olvidar que además de un administrador y de un agente del gobierno, soy también un maestro de mis subordinados«. Si lo hace, si lo cumple, todos tendremos mucho que agradecer.

Señores: no quiero terminar estas palabras, ya que es la primera oportunidad en que nos reunirnos, sin agradecerles a todos cuanto han hecho para que esta organización haya alcanzado el estado actual. El hecho de que tengamos aspiraciones de perfeccionamiento para el futuro no implica, en manera alguna, que cada uno de ustedes, funcionarios de la República, no haya sabido cumplir acabadamente con su deber. Cada uno lo ha hecho en la medida de sus fuerzas. Mi obligación de dirigente superior es señalar los rumbos del futuro y pedirles que a ese esfuerzo y a ese sacrificio que todos ustedes han realizado en bien de la Nación los coronen aumentando un poco más de desvelo y de sacrificio para mejorar la calidad de la administración y del gobierno.

Yo les agradezco todo cuanto han hecho, y espero que en 1958 pueda darle un abrazo a cada uno por la inmensa tarea cumplida en beneficio de la administración y del gobierno de la República.

Publicado en Comunidad Organizada.